Una vez me gané un premio al mejor cuento. Estaba en el colegio, tenía unos nueve o diez años y la profesora minúscula y pelipintada casi oxigenada vestida con jean a la cintura, maquillaje multicolor, pañuelo en la cabeza y todos los demás clichés que se pueda poner una profesora de primaria nos avisó del concurso de cuento infantil que se hacía anualmente en el colegio. Mas de un par de veces mientras nos contaba cómo era la cuestión del concurso me miró directamente a los ojos, y era porque yo era su preferido, o eso creía yo por lo menos. La profesora ya me había dicho que tenía la mejor ortografía y la peor caligrafía del salón si es que no era de todo el tercer grado. El único, junto Jorge Chacón, que escribía en letra despegada en tercer año, porque siempre enseñaban a escribir en esos cuadernos de ferrocarril la letra cursiva que era la letra de los doctores, los abogados o los políticos, en fin, la gente importante, útil y culta del país. Y digo que creía ser su favorito por la ortografía, pero tal vez lo que ella sentía era un poco de predilección y un poco de lástima de que un niño con tan buena ortografía escribiera como un payaso, un dueño de carnicería o un lechero que era la gente no importante e inculta del país. Tal vez me veía como el niño de la telenovela que tenía cara de ternero degollado, que su mamá había muerto quemada en la granja donde ellos dos vivían y el había quedado huérfano y viviendo sólo en la capital, robando y comiendo en la calle, pero que todos sabíamos que era un buen niño de un gran corazón y que al final encontraba a su abuela que era de la crema y nata de la alta sociedad, una vieja con mucha plata pero, como su nieto, de gran corazón y el niño terminaba siendo amado y querido entre millones de pesos y vivía feliz por siempre. Y la profesora Janeth tal vez estaba esperando a que yo, siendo el niño huérfano de caligrafía, pudiera, de todas maneras, ser feliz por siempre, triunfar.
¿Cómo podía yo desaprovechar esa ocasión? Tenía que fajarme con un cuento perfecto, prolijo, creativo, imaginativo, vivaz, como los que leía yo del pequeño Nicolás o del hombre que tenía la nariz más grande del mundo o del hombre que calculaba o de la ratoncita niña. Pero el cuento no se podía entregar impreso en el WordPerfect de mi IBM con windows 3.1, porque no todos los niños tenían computadores y porque querían que el cuento trayera también ilustraciones hechas por los mismos autores de las pequeñas obras literarias. Así que lo teníamos que entregar a mano, en un formato creativo, y con nuestros propios dibujos.
Aún así gané el Premio. Lo escribí en letra cursiva como los políticos. Busqué un libro que mi mamá me había regalado en Madrid en una tienda donde yo daba los nombres de mi familia y mis amigos, y me entregaban el libro con esos nombres como protagonistas, lo leí de nuevo, y para no quedar muy atrás de los políticos de mi país, lo copié letra por letra. Y para hacerle aún más honor a la gente que escribía letra cursiva, calqué los dibujos que venían en el librito de trece por trece centímetros, con tapa dura color aguamarina y que se titulaba "El planeta de los Dinosaurios". Le puse mi nombre al final y lo entregué, creyendo que haría feliz a mi profesora y hasta ahí llegaría la historia.
Una semana después se reunió todo el colegio San Pedro (primaria no más porque los grandes de bachillerato estaban en otra sede) para la izada de bandera de todos los lunes. Ya casi al final de toda la parafernalia el director/a que ni me acuerdo quien era nos dijo que habían elegido el mejor cuento de todo el colegio para que participara en nombre de éste en el concurso de toda la ciudad y de ahí a nivel nacional. El ganador obviamente fue Jorge Iván Jiménez Almanza del curso tercero A.
Duré con vacío en el estómago durante las siguientes dos semanas, esperando lo peor, terminando en la cárcel para niños, desprestigiando el nombre de mi familia y del colegio, hundido en el desprecio y en la humillación de todos cuando se dieran cuenta de que el niño de la letra despegada había robado el cuento de un libro que le había regalado su mamá y mi mamá no podría verme a la cara y mi papá me desheredaría y todos se burlarían de mi. Pero no. Lo que no les saqué en caligrafía a los políticos, se los saqué en suerte, y tengo el diploma del premio al mejor cuento colgado en mi pared:
a Jorge Iván Jiménez Almanza por el cuento "El planeta de los Dinosaurios"
martes, mayo 12, 2009
El Premio
jueves, abril 02, 2009
Curso de Programación Neuro-Lingüística
-Centro de Humanidades?
-Buenas señorita, llamo porque me dieron un volante sobre un curso de programación neuro-lingüistica.
- Ah, si claro. Pero ese curso empieza hasta el próximo año.
- Bueno, pero me gustaría saber algo más sobre el curso.
- Si, claro, señor. Me podría dar su nombre?
- Jorge Jimenez
- Señor Javier, ya vio nuestra pagina en internet?
- Es Jorge.
- Si, señor Jorge. Ya vio nuestra página en internet?
- No, señorita.
- En el volante sale la dirección?
- Si, si, acá sale.
- Bien señor Javier, si entra...
- Es Jorge
- Discúlpeme, señor Jorge, si entra a la página en internet, está toda la información que necesita. Si desea saber sobre precios, puede venir al centro y acá le damos esa información. En el volante está la dirección?
- Si, acá está. Entonces sólo hasta el próximo año?
- Si señor... ... Hasta el próximo año
- Ok, gracias.
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- Ah, si claro. Pero ese curso empieza hasta el próximo año.
- Bueno, pero me gustaría saber algo más sobre el curso.
- Si, claro, señor. Me podría dar su nombre?
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- Si, acá está. Entonces sólo hasta el próximo año?
- Si señor... ... Hasta el próximo año
- Ok, gracias.
lunes, febrero 16, 2009
El Bus (2)
El día en que Lilia iba a conocer el bus, su papá le compró zapatos de charol. Lilia nunca había tenido zapatos de charol en sus once años de vida, y aunque eran brillantes y bonitos, eran incómodos. Su dedo meñique quedaba apretado al resto de los dedos, asfixiado en el pequeño rincón que su prisión de charol avaramente le había otorgado.
Se puso los zapatos un minuto antes de salir de su casa, cuando ya todos estaban en la puerta y usaban el traje para ir a misa, aunque ese día fuera sábado. No había una sola persona que no estuviera yendo ese día y a esa hora a la plaza central. Era el día de la inauguración del transporte público motorizado en San Antonio, orgullo del departamento y la nación, símbolo de crecimiento, prosperidad y empuje tolimense.
El alcalde y su señora saludaban a la alta alcurnia del pueblo, los grandes hacendados con sus señoras e hijos que hablaban de sus apellidos españoles como si realmente fuera un orgullo tenerlos y reían con burlas y chistes políticos que llegaban de la fría capital. El resto del pueblo se preguntaba lo mismo que Lilia unos días antes. Se preguntaba cómo sería un bus. Se lo imaginó tantas veces, con alas y cañones y plumas y pelo, con hocico y con cola, de color verde, rojo o azul, bizco y hasta ciego. Pero siempre grande. Muy grande.
El hijo del profesor ofreció un pequeño discurso digno del secretario de transporte del municipio e hizo tocar las campanas de la iglesia, se dirigió él mismo a la estación de policía y abrió las puertas del garaje. Desapareció en el fondo y después de un gran estruendo y una humareda, de la oscuridad del garaje apareció una gran caja de lata blanca y roja, con una gran trompa de donde salía un sonido como el de un elefante, pero mucho mas ruidoso e intenso. La gente no habló durante un momento. Todos miraban absortos la lata, esperando algo más. Lilia de repente, dejó de pensar en sus dedos meñiques y tan sólo comparaba en su cabeza todas sus imágenes del bus, con la que tenía al frente, y no estaba decepcionada. De una diminuta ventana al lado de la trompa apareció el secretario y chofer, con su gorra de conductor oficial saludando a la multitud. Todos gritaron y se abrazaron emocionados, la papayera tocó las mejores canciones de la región, mientras todos subían al bus, pagando 30 centavos de peso para poder disfrutar de la gran atracción.
El bus tuvo que hacer mas de 15 vueltas alrededor de la plaza para subir y dejar pasajeros, deseosos de entrar a la gran lata blanca y roja. Lilia subió cuando ya los mas grandes habían dejado espacio para que las mujeres y los niños tuvieran su oportunidad. Saltaba de un lado a otro mirando hacia fuera y saludando a los que estaban en la calle. Después de tres minutos, el bus llegó a su lugar de partida y todos bajaron para darle la oportunidad a los otros cincuenta y dos paisanos.
El alcalde dio por iniciada la fiesta y las botellas de aguardiente y chicha se destaparon con el ritmo de la cumbia, el joropo y la guabina.
Ya para las ocho de la noche, en el bus sólo quedaban unos pocos ebrios gastando sus últimos centavos en otra vuelta a la plaza. La papayera ya había dejado de tocar y Lilia estaba en casa, descalza y con ampollas en los dedos meñiques, contándole a su mamá por octava vez cómo ellas dos habían hecho la fila y habían subido y ella le había dado al señor chofer sesenta centavos, y le había dicho “va exacto, señor chofer”, y su mamá, conciente de que ella también había estado ahí, la oía por octava vez con una sonrisa en la cara y con gestos de sorpresa y alegría.
Se puso los zapatos un minuto antes de salir de su casa, cuando ya todos estaban en la puerta y usaban el traje para ir a misa, aunque ese día fuera sábado. No había una sola persona que no estuviera yendo ese día y a esa hora a la plaza central. Era el día de la inauguración del transporte público motorizado en San Antonio, orgullo del departamento y la nación, símbolo de crecimiento, prosperidad y empuje tolimense.
El alcalde y su señora saludaban a la alta alcurnia del pueblo, los grandes hacendados con sus señoras e hijos que hablaban de sus apellidos españoles como si realmente fuera un orgullo tenerlos y reían con burlas y chistes políticos que llegaban de la fría capital. El resto del pueblo se preguntaba lo mismo que Lilia unos días antes. Se preguntaba cómo sería un bus. Se lo imaginó tantas veces, con alas y cañones y plumas y pelo, con hocico y con cola, de color verde, rojo o azul, bizco y hasta ciego. Pero siempre grande. Muy grande.
El hijo del profesor ofreció un pequeño discurso digno del secretario de transporte del municipio e hizo tocar las campanas de la iglesia, se dirigió él mismo a la estación de policía y abrió las puertas del garaje. Desapareció en el fondo y después de un gran estruendo y una humareda, de la oscuridad del garaje apareció una gran caja de lata blanca y roja, con una gran trompa de donde salía un sonido como el de un elefante, pero mucho mas ruidoso e intenso. La gente no habló durante un momento. Todos miraban absortos la lata, esperando algo más. Lilia de repente, dejó de pensar en sus dedos meñiques y tan sólo comparaba en su cabeza todas sus imágenes del bus, con la que tenía al frente, y no estaba decepcionada. De una diminuta ventana al lado de la trompa apareció el secretario y chofer, con su gorra de conductor oficial saludando a la multitud. Todos gritaron y se abrazaron emocionados, la papayera tocó las mejores canciones de la región, mientras todos subían al bus, pagando 30 centavos de peso para poder disfrutar de la gran atracción.
El bus tuvo que hacer mas de 15 vueltas alrededor de la plaza para subir y dejar pasajeros, deseosos de entrar a la gran lata blanca y roja. Lilia subió cuando ya los mas grandes habían dejado espacio para que las mujeres y los niños tuvieran su oportunidad. Saltaba de un lado a otro mirando hacia fuera y saludando a los que estaban en la calle. Después de tres minutos, el bus llegó a su lugar de partida y todos bajaron para darle la oportunidad a los otros cincuenta y dos paisanos.
El alcalde dio por iniciada la fiesta y las botellas de aguardiente y chicha se destaparon con el ritmo de la cumbia, el joropo y la guabina.
Ya para las ocho de la noche, en el bus sólo quedaban unos pocos ebrios gastando sus últimos centavos en otra vuelta a la plaza. La papayera ya había dejado de tocar y Lilia estaba en casa, descalza y con ampollas en los dedos meñiques, contándole a su mamá por octava vez cómo ellas dos habían hecho la fila y habían subido y ella le había dado al señor chofer sesenta centavos, y le había dicho “va exacto, señor chofer”, y su mamá, conciente de que ella también había estado ahí, la oía por octava vez con una sonrisa en la cara y con gestos de sorpresa y alegría.
lunes, septiembre 29, 2008
Teléfono
En qué íbamos? Ah si, le rompí la nariz al maricón. Con un solo puñetazo lo dejé tirado en el piso, arrastrándose como el maldito gusano que es. Y se lo merecía completamente. Por maricón. Por cobarde. Por estar haciendo cosas a mis espaldas creyendo que yo era un pendejo. Un huevón. Pues para que vaya aprendiendo que yo no soy ningún huevón. Que el que tiene cojones soy yo, que el vivo del cuento terminé siendo yo, y el que se creía tan vivo. Tan sabio el hijueputa. Tan sabio el cagón que porque sabe manejar un celular o un computador se cree mejor que yo. Porque estudió en colegio bilingüe y sabe hablar y escribir inglés perfectamente entonces él es el vivo. Pues no hijueputa, no. A las manos no gana el más sabio. Gana el más macho. Y el mas fuerte. Y como el cacorrito cree que yendo al gimnasio con la mitad de la farándula criolla es fuerte, entonces se me alzó. Pero el más fuerte no es el más bonito. El más fuerte soy yo. Y por eso lo volví mierda. Porque mientras siga viviendo debajo de este techo y entre estas cuatro paredes, tiene que hacer lo que yo diga.
miércoles, septiembre 17, 2008
El Bus (1)

Lilia lo oyó de su padre. Ya las mulas llevaban cuatro días de viaje y tan sólo les faltaban otros tres para llegar a San Antonio con la primera parte. El alcalde había decidido subir un poco más algunos "impuestos" para poder llevar a cabo la hazaña y que su nombre se recordara por siempre en el pueblo, como el hombre que llevó el primer bus a San Antonio.
San Antonio quedaba a 63 kilometros de Ibagué, la capital del Tolima, de donde venían las mulas. Para llegar a San Antonio, el viajero debía apearse a un caballo y andar a través de pequeños pasajes en el medio de la selva durante unos tres días. Pero esta vez, las mulas se demorarían una semana por viaje, ya que transportaban partes de un bus a cuestas.
San Antonio no puede ser ajeno al mundo tecnológico y a los avances de la ciencia. Este bus nos traerá seguramente muchas cosas buenas. El transporte animal quedará en nuestro recuerdo y las cosas serán mucho mejores. Lilia oía a mucha gente de San Antonio hablar sobre el bus, y sobre el gran día en que los ingenieros vendrían a San Antonio, reunirían todas las partes de la máquina y durante varios días se encerrarían con los pedazos de metal para después entregarle al pueblo un bus de pasajeros con capacidad para treinta y dos personas, sin contar el puesto del chofer, que sería Ernulfo Pedraza, el hijo de Santiago Pedraza Perdomo, el maestro de la escuela. Ernulfo estaba siendo capacitado para que, de ser necesario, pudiera desarmar y armar de nuevo el bus en la ausencia de los ingenieros, ponerle el combustible, cambiar las llantas (llevarían doce llantas de repuesto desde la capital y se guardarían en la estación de policia), aprender a manejar, dar reversa, abrir y cerrar las puertas, encender las luces, apagar las luces, pitar, saludar y despedir a cada uno de los pasajeros, parquear el bus en la estación de policía, entre otros. Ernulfo recién había cumplido los dieciocho años y ya era una gran persona importante en San Antonio. Era el director y único funcionario de la secretaría de Transporte del pueblo. Santiago, su padre, no podía sentirse más orgulloso de su hijo.
Lilia no dejaba de preguntarse qué forma tendría un bus. Nunca había visto uno y tampoco había visto ningun dibujo de alguno. Sería redondo? Sería rojo? o verde? Ojalá fuera verde, pensaba, porque ese era el color que más le gustaba a ella. Cada domingo, después de misa de ocho, se quedaba en la plaza, sentada al lado de la estatua de Simon Bolivar para esperar a que llegaran las mulas con otro pedazo del bus, sólo para darse una idea de cómo era. Pero los pedazos eran tan extraños, que la confundían más. A veces eran redondos y pequeños, a veces eran tubos largos y delgados, con nombres raros que le causaban gracia, y se preguntaba cómo la gente iba a andar encima de esas cosas tan feas y duras.
Humor
jueves, agosto 07, 2008
Recuerdo pasajero
Hoy oí de nuevo Thank you, después de muchos meses, y me reí solo y me acordé del enorme monstruo que estuvo a punto de devorarnos una vez en la sala de ese apartamento. Nos habíamos sentado puntualmente a crear la versión pornográfica de la canción de shakira, la de antología. La versión mas guarra de una canción que había visto en mi vida. Si, es verdad, nos divertíamos muy barato, pero la pasábamos genial. Ya habíamos compuesto creo que toda la canción o estábamos a punto de terminarla, verso por verso, que rimara que no quedara tan bonita y limpia. Algo bien porno, sucio, bajo. Ese era el objetivo. De repente, los dos callados mirábamos el papel, buscando alguna palabra que rimara con oral, cuando un bichito diminuto se paró en el papel. Mas pequeño que una mariquita, casi tan pequeño como una pulga voló tranquilamente y se detuvo en el papel. No me acuerdo de su color. Todo fue tan repentino. Leo gritó y saltó del sofá y yo me asusté y boté el papel al piso y grité también, tipo flanders con sus cortinas moradas. Los dos salimos corriendo como si nos persiguiera el mismisimo Lucifer y nos encerramos en el cuarto principal y cuando nos vimos ahí encerrados en un cuarto y palidos por un insecto que pudimos haber matado con nuestro dedo meñique soltamos carcajadas. Reimos por muchisimo tiempo sin parar, nos pusimos rojos de la risa, lloramos y sudamos de la risa y después, con mucha cautela, Leo salió del cuarto, agarró el papel y lo guardó en su billetera.
martes, abril 15, 2008

Dormí en la orilla de la cama, como las anteriores noches. No me movía mucho para no incomodarte. La luz de la laptop debajo de mi cama me molestaba un poco pero no me paré a apagarla, para no despertarte. Esta mañana me desperté muy temprano pero traté de seguir durmiendo, aunque sé que te gusta levantarte temprano, quería estar otro rato contigo en la cama. Me dio frío, qué feo el frío de otoño, tenía poca frazada y halé un poco para mi, después me volteé para tomar tu mano y seguir durmiendo pero no estabas. Abrí los ojos y no estabas. Ah, verdad. Ayer te fuiste a Chile. Miré la mesita y estaban tus mentitas. Esas que tomabas antes de darme un beso en la mañana y yo metía mi cabeza bajo la almohada para no desmayarte con mi aliento matutino y tu te reías. En el baño aun está tu jabón antialérgico criogénico o como se llame. Lo boté. Tus cigarrillos mentolados, los que compraste en Puerto Madero, seguro me los fumaré cuando se acaben mis Marlboro. Ya debes ir mas allá de Mendoza, con el sombrero que te compraste en la feria, durmiendo, seguro, porque llevabas como veinte pastillas para dormir. Y yo estoy en San Telmo.
domingo, febrero 17, 2008
Pasado oloroso
Cítrico, dulce y agrio. Un olor que sólo puedo describir con la lengua. Olores que me transportan a un pasado nostálgico y lejano. El olor del limón y el café, del jabón de mi mamá y el olor de mi cocina. El olor no me podría transmitir mas que recuerdos. Un pequeño cofre de recuerdos nasales, que sin mi pasado serían simples olores, pero con algo de vida transcurrida, se vuelven sentimientos, experiencias, lugares, colores y personas. Un olor no debería ser un olor nunca. No tendría la gracia.
Visión con ojos cerrados
Un paisaje al frente mio, verde y azul. Calmo, natural. Cuatro cuartos conformando un todo. Un cuarto seguirá siendo verde y azul, para no olvidar lo que fue. Otro cuarto con sonrisas de café y pensamientos ahumados por el cigarrillo, impregnados del olor molesto de un cenicero ocre.
El tercero con el frío y húmedo smog de la ciudad gris, lleno de signos de exclamación en cada esquina, donde la letra cursiva e itálica sólo es recordada en libros y todos hablamos en ARIAL BLACK MAYÚSCULA. Blanco y Negro.
El último, el que aún no acaba, el que aún etá borroso, el que aún sigo construyendo. Donde todos los colores aún conviven, los olores aún no son recuerdos y los sonidos se fusionan.
El tercero con el frío y húmedo smog de la ciudad gris, lleno de signos de exclamación en cada esquina, donde la letra cursiva e itálica sólo es recordada en libros y todos hablamos en ARIAL BLACK MAYÚSCULA. Blanco y Negro.
El último, el que aún no acaba, el que aún etá borroso, el que aún sigo construyendo. Donde todos los colores aún conviven, los olores aún no son recuerdos y los sonidos se fusionan.
sábado, noviembre 24, 2007
sueñññññññooooo
No se en dónde lo leí y lo escuché pero,y si realmente soy sólo el sueño de alguien? Si soy el sueño de un caracol en el jardín de Dios, queriendo ser algo más y haya soñado que Dios crea a un hombre y a una mujer y después sueña con mi vida y lo que soy? Siendo un sueño vale la pena lo que soy y lo que hago? Siendo un sueño soy el dueño de mis decisiones? Qué sentirán los personajes de mis sueños si se dan cuenta que sòlo son creación mi inconciente? Ta mañana
viernes, noviembre 23, 2007
2:22

Argentina. Buenos Aires. Calle defensa. Uno dos tres cinco. Sesenta y ocho. Piso ocho. Dos y veintidos de la mañana. Ya es sábado. Sábado 24 de Noviembre. Mañana conoceré, después de diez meses, Caminito. Ya no soy turista, pero pretendo serlo, porque vuelvo a mi país. Tomo vodka, pero esos tragos con gelatina. Hablo de Rafaella Carrá, tomo cerveza y río con mis amigos. Amigos de Perú, de Colombia y Argentina, pero esos tragos con gelatina. Hablo de Daft Punk y el ridículo baile alrededor de una mesa de centro en una sala de Bogotá y me burlo de mí mismo, pero esos tragos con gelatina. Me burlo de él y de ella, de las estrellas del mago o del hada madrina, recuerdo viejos o nuevos tiempos, celebro que Tere está en mi casa y me tomo fotos con ella y con ellos y con todos, pero esos tragos de gelatina. Mañana es mi despedida oficial de Buenos Aires en el 2007 y brindo por eso. Pienso en mi mamá y pienso que no he hablado con ella en mucho tiempo, como tres o cuatro días... Ah, pero esos tragos con gelatina. Me alegro por el regalo que recibo. Fabi y Nia se coparon con el regalo, pero esos tragos con gelatina. Gelatina con vodka, no sabes de lo que te pierdes si no los has probado. Los tragos de gelatina. Y ahora estoy solo y debo irme a dormir para poder ir mañana a caminito. y sigo pensando. ¡Qué tragos de gelatina! 3:33am y a dormir.
lunes, septiembre 24, 2007
Diario de una prostituta
Cuántos me ponés? Y sonrió como si la pregunta como respuesta a la pregunta anterior fuera la mas original y nadie nunca la hubiera usado antes. Yo también le sonreí, pero no le respondí. Tengo 24, le dije después de un rato, demostrando que la cuestión de la adivinanza de la edad no es mi juego favorito. Yo tengo 28, dijo un poco serio. Me volteé a mirarlo para no olvidarme de su cara. Si no te hubiera conocido en esta circunstancia, hubiera podido enamorarme de ti. Se lo dije sin quitarle los ojos de encima. Ahora era él quien no respondía, pero no sonrió. Veinte minutos después de silencio, se levantó de la cama, se vistió y se fue. No lo volví a ver. De todas maneras ya se me olvidó su cara.
lunes, septiembre 10, 2007
DOMINGO EN LA TARDE
- Buscaste debajo de la cama?
- No
- Pues busca ahí, tal vez la hayas botado mientras dormías.
Busqué debajo de la cama, debajo de la mesa de noche y detrás del closet, pero no la encontré por ningún lado. Hacía dos que noches había perdido la razón.
- No
- Pues busca ahí, tal vez la hayas botado mientras dormías.
Busqué debajo de la cama, debajo de la mesa de noche y detrás del closet, pero no la encontré por ningún lado. Hacía dos que noches había perdido la razón.
domingo, mayo 06, 2007
Encuentro en Buenos Aires

Ayer en la mañana lo encontramos. Me imagino que lo habré mirado como miro a gente extraña, a la que me parece extraña a mi. Como a un fanatico de Pink Floyd pero aún más extraño. Estaba atado al poste por una de esas pitas que sirven como para elevar las cometas, pero más gruesa y sucia. Se notaba que había tratado de romper la cuerda con su boca porque estaba toda carcomida, pero obviamente no lo había conseguido. Era muy pequeño. Tal vez alcanzaba los ochenta centimetros de altura. Si, demasiado pequeño. Y era como gris, o algo parecido, como ocre, como triste, como color aburrido y triste. Debió ser por estar a la intemperie que su piel se decoloró, supongo. Pero él no estaba triste, por lo menos cuando lo encontramos. Estaba muy rabioso y hacía muchos gestos de furia. Se nota que no sabía hablar porque hacía unos ruidos que al principio me asustaron mucho, pero después nos parecieron super cómicos, y en medio de todo nos terminamos riendo. Yo fui el primero en acercarme, traté de hablar con él, pero era inútil. Después Javier sacó un poco de pan que tenía en la mochila y se lo tiró. Comió un poco. A mi se me hizo parecido a Gollum, pero Gollum hablaba algo y era verde. Este era gris, pero seguramente sacado de la misma historia. Este no tenía orejas pero si oía. Me di cuenta cuando por debajo pasó el subte y el se quedó como mirando hacia todo lado buscando el sonido. Le hablamos así no nos entendiera, le cantamos asi no supiera qué era la música. Después de diez o doce minutos salió una mujer de la casa, nos miró con cara de pánico, desamarro al hombrecito y lo metió a la casa. El hombrecito entró obediente pero haciendo los mismos ruidos asustadores y cómicos. Ya adentro alcanzamos a escuchar a la señora gritando:
-Camelia! Otra vez hay gente alimentando a tu padre en la calle! Te dije que lo entraras después de que orinara!
Nos quedamos mirándonos las caras, Javier recogió el poco de pan que había quedado en el piso y lo botó a la caneca.
Todos seguimos caminando callados y yo no pude dejar de pensar en el color del hombrecito. Habrá sido su piel gris natural? Se destiñó por la lluvia? O será que por miedo o por tedio decidió hacerse invisible camuflándose con el color de esta ciudad?
miércoles, marzo 28, 2007
Sin Título (debe tener pero aún no lo encuentro)

El día gris lo buscó y las nubes oscuras, cuidadosamente, fueron escudriñando cada lugar donde pudiera estar. Viajaron por todo el país tratando de encontrar alguna pista de él. Pero aún así no lo encontraban. Entonces el día gris se puso triste y vagó por montañas y valles sin rumbo fijo. Y así llegó al sur. Más al sur de donde pensó encontrarlo. Y una tarde, sin andar buscándolo lo encontró.
Las nubes grises entonces se desperdigaron por todo el cielo y el día gris se mostró aún más gris que de costumbre, y se desnudó ante el.
Y allí donde lo encontró, allí permaneció día y noche durante 72 horas para hacerle recodar las tarde de jueves o domingo, de lunes o miércoles cuando él se quedaba viendo cómo el día se iba oscureciendo a pleno mediodía en un país donde todos creen que solo hay sol y playa.
El día gris esperó ver las lágrimas que solía ver en sus ojos y el profundo gesto de depresión que le gustaba observar cuando estaba en el país del sol. Pero se cansó de esperar, porque lo único que se le ocurrió a él ante el día gris y las nubes oscuras, fue recordar que tenía un lápiz y un papel y escribió una historia en un cuaderno mientras veía llover.
lunes, febrero 05, 2007
De la inminente llegada de la "adultez"
"los grandes son los que hacen las filas y hablan con la gente grande cuando hace las filas, yo sólo miro y espero"
Es una excelente descripcion de lo que piensa un niño o adolescente de la gente adulta... Aún sigo pensando que es así. Pero lo mas miedoso es que yo ya hablo con la gente grande y ya hago las filas y me toca lidiar a mi solo para sacar citas, ir a notarías, ministerios, bancos, etc. Prueba de fuego: Entrar a migracion, pasar por aduana y subirse a un avión completamente solo. Sin papá que acabe con todos los problemas y que hable con demás gente ¨grande¨, salir de casa jugando al adulto, cuando aún no me percato que lo soy. Dios! a qué horas me volví un adulto? A que horas dejé de ir a un centro comercial a correr por todo lado para sentarme en un Oma a tomar café? En que momento dejé de pensar en jugar a toda hora para sentarme a escribir un blog? No lo sé, pero la asfixiante conciencia de ser grande por irme solo a otro lugar es algo depresivo y alarmante al mismo tiempo. Sera que tampoco me daré cuenta cuando esté viejo, decrepito y a punto de morir? será que en mis últimos días simplemente diré "a que horas mori?"
martes, noviembre 07, 2006
Oda al papel higiénico

De repente la mesa del estudio estuvo llena de papel higiénico por todo lado, y aún así los mocos no paraban de salir... era una invasión de mocos! Mocos a las 10, mocos a las 11, mocos a toda hora. Una pastilla los paraba durante un par de horas y despues, volvían a surgir para volver loco al pobre Jorge. Sabía que su organismo estaba peleando contra el virus y trataba de sacarlo, pero los mocos eran desesperantes. Y por la noche... por la noche no había mocos. eso era bueno. Pero entonces la nariz estaba tan despejada que dolía respirar. Sentía cómo el aire helado llegaba hasta sus pulomones, aún helado y le daba tos y dolor de garganta, y en ese momento ansiaba que llegaran los mocos para no tener que taparse con la cobija y respirar un poco de aire tibio y que la garganta no doliera más, hasta que en el medio de su sufrimiento por su garganta podía conciliar el sueño, para al otro día despertarse con la nariz completamente obstruida y empezar de nuevo con la rutina del papel higiénico y empezar a lidiar de nuevo con sus mocos. Cuándo parará esto? De pronto nunca. Con la lluvia diaria, la humedad desbordante. "gracias a Dios no trabajo. Por fin encuentro qué hacer en mi casa... cuidarme la gripa y ver telelvisión y decir que estoy enfermo para que haya una excusa para estar en casa", pensaba Jorge mientras recogía los pedazos de papel que invadían con lentitud toda la mesa del estudio, prendía el pc y encontraba lo siguiente:
En la antigua Roma se practicó el hábito de la limpieza que hoy se asocia con el uso del papel. Una esponja amarrada a un palo y sumergida en un balde de agua salada estaba a disposición en los baños públicos. Los usuarios compartían la herramienta, con la que se "refrescaban".
En 1391 emperadores chinos ordenan la fabricación de hojas especiales para el baño, de 0,5 x 0,9 metros de longitud.
Los colonos norteamericanos prefirieron las mazorcas de maíz hasta bien entrado el siglo XVIII. Entretanto, en zonas costeras se echaba mano de conchas marinas, y en islas como Hawai la variante local eran las cortezas de coco.
En otras zonas rurales encontraban muy útiles los libros y revistas de toda clase. Cuando los periódicos se volvieron cosa común en la sala de la casa, a principios del siglo XVIII, pronto se hizo del baño su "segundo hogar".
El almanaque del agricultor venía con agujeros para una rápida acción de "lea y limpie". Los catálogos de grandes almacenes, como Sears, no tenían desperdicio.
En 1857 el empresario neoyorquino Joseph Gayetti sacó a la venta el que llamó, con todo orgullo, "papel terapéutico Gayetti". Terapéutico, en verdad, dados los antecedentes: se trataba de hojas de papel especiales para el baño, aderezadas con humectante, y en presentación de quinientas por paquete, a 50 centavos de dólar cada uno; toda una fortuna para la época.
Inventores japoneses amenazan ahora con convertirlo en una especie en vías de extinción: en 1999 se dio a conocer el "inodoro sin papel", un aparato que lava, enjuaga y seca las partes del usuario automáticamente.
Tomado de http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/specials/newsid_3497000/3497663.stm
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